martes, 29 de enero de 2013

Códigos rojos

Hacía meses que no subía nada a este blog que tengo algo abandonado últimamente. Cambios, movimiento, acción. Me han tenido ocupado en otras cosas. Mala cosa si vuelvo a escribir aquí: es sinónimo de aburrimiento laboral.

Y siento además reiniciar este blog con lo más dramático, lo más cruel, lo más injusto, lo más descorazonador, lo más caprichoso, lo más arbitrario, lo más sinsentido, lo más sin razón, lo más indefenso, lo más temeroso, lo más cohercitivo, lo más alienante, lo más desesperante, lo más odioso, lo que más rabia da, lo más absurdo, lo más repugnante, lo más abominable, lo más siniestro, lo más sin corazón, lo más sin alma o lo más desalmado, que tanto da como da tanto igual, lo más repugnante, lo más irresponsable, lo más, lo más, lo más... lo que más necesita que siente a sus responsables en el banquillo de los acusados de una puta vez y les metan a todos en la cárcel. Sí, burócratas y gestores sociales, todos los responsables de este genocidio silencioso pero insaciable, ya centenario.

Lean si no el reportaje aparecido el domingo pasado en El País.

Sin palabras. ¿Qué se puede comentar a esto? ¿Qué droga produce más daño que esta sarta de crímenes indiscriminados? ¿Qué droga conocen ustedes que circunde un cuerpo de alambre o que lo desmembre?

Hace un tiempo vi un documental sobre el fenómeno de las drogas en las favelas brasileñas, se titulaba Bailando con el diablo. Una imagen de ese documental me acompañará siempre que viva. En un momento dado sale la imagen de una persona recién tiroteada en la cabeza, con el cráneo abierto y toda la masa encefálica saliéndose. Nunca, nunca he visto que una droga produjera algo parecido.

Y sin embargo, las políticas orquestadas hoy día para tratar de evitar que la gente tome drogas terminan produciendo este tipo de efectos tan espantosos en personas que nunca se habrían propuesto en su vida ni siquiera darle una calada a un porro.

En México, los muertos indirectos del tráfico de drogas, esto es, los muertos directos de las políticas de drogas se cuentan por miles. Es mejor no sacar la calculadora. Sería abrumadora, escalofriante y desoladora la cifra de asesinatos directos que las políticas actuales sobre drogas ejecutan. Enfermedades y muertes por negar el acceso a jeringuillas en las cárceles. Enfermedades fruto de fumigaciones indiscriminadas. Torturas, desplazamientos, extorsiones, debilitación democrática, corrupción política, judicial y policial. Para qué contar...

Código rojo. Código rojo activado desde los sillones de Viena, donde los narcoburócratas de la JIFE deciden cada año a cuántas personas van a asesinar con sus políticas de terror y muerte. Código rojo en las oficinas de los burócratas de cada nación, que secundan las órdenes de arriba facilitando que el brazo ejecutor se permeabilice en el entramado social de cada país soberano. Código rojo en cada esquina de cada calle de cada barrio de cada ciudad del mundo, donde a uno le quieren hacer recordar a cada momento, con su código rojo, que no se drogue: si lo haces, un inocente morirá asesinado sacrificado por ti, para redimirte. Para que, con su muerte, te convenzas de una vez de lo malas que son las drogas para la salud.

Señores, ustedes, los que activan los códigos rojos: váyanse al infierno.

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